La noche inolvidable en la que el Topo Gigio se vistió de gerente

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Osvaldo Ardizzone fue un maestro de periodistas. También se dedicó a escribir poesía, algunas musicalizadas por el enorme Alejandro del Prado. Incluso se animó a recitarlas, allá lejos, en los finales del ‘70. Una de sus obras más conocidas se titula “A solas con uno mismo”. Entre tantas líneas felices hay una que cabe en la oportunidad: “Cuando llegues a gerente, y además te sientas gerente”. En Google se encuentra fácil.

Desde que la pelota rueda no son pocas las oportunidades en las que un plantel necesita un zamarreo, un cachetazo para provocar una reacción. Y quizá este grupo de Boca, sin juego y sin rebeldía en las derrotas con Vélez y Gimnasia lo necesita. El asunto es cómo y cuándo.

La escena que montó Riquelme haciendo bajar del bus a los jugadores no tiene antecedentes en la memoria del cronista. Fue cinematográfica. Una puesta en escena que las declaraciones del propio Román, de Battaglia y de Izquierdoz y de algún otro trataron de minimizar. Y que nadie cree. Según la versión oficial, Riquelme actuó como capataz de La Forestal para darle apoyo a los jugadores. El Román jugador, aquel del Top Gigio, ¿habría bajado del micro a recibir el “apoyo” del dirigente de turno?

Cada cual tiene su forma de conducir. Este Consejo de Fútbol ya dio varias pruebas de su estilo. Lo del sábado es otra muestra.

Primera conclusión: ¿qué autoridad tiene Battaglia?, ¿qué predicamento los referentes? Ese estilo de conducción expuso a los jugadores delante de los hinchas, por más palabras dulces con que se pretenda rodear al numerito montado en la Bombonera.

La irrupción de Riquelme expuso a Battaglia. Foto: Alejandro PAGNI / AFP)

Riquelme pudo haber dicho lo que dijo (sin que lo que haya dicho sea aquí lo importante) en otro escenario: en el vestuario tras la derrota. En el mismo bus acompañando a los jugadores de regreso al hotel. En el hotel mismo. O esperar al próximo entrenamiento y reunirlos en Casa Amarilla o en Ezeiza. Y si valía el cachetazo para que despierten, tal vez bienvenido sería el correctivo. Pero el desfile de ovejitas al matadero delante de las cámaras de TV contradice todos los códigos que Riquelme (y Bermúdez, y Cascini, y Delgado) defendieron durante sus brillantes carreras: las cosas se arreglan en el vestuario.

Esa intimidad, esa discreción que evite el escándalo y minimice situaciones conflictivas voló por el aire con la orden del vicepresidente. No pocos se acordaron de aquel cabaret del que alguna vez habló Latorre.

Que Riquelme (y el trío que lo acompaña) quieren lo mejor para Boca, no hay duda. Que nadie sabe qué papel juega Ameal (sigue siendo el presidente, ¿no?) es otra certeza.

La adversidad enseña. Y también expone. Fue una pena lo que pasó. Un papelón. Y la paradoja es que el más perjudicado es el propio Román.

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