José López: “Lo que yo gano en un mes, es lo que gana un amigo mío en todo el año y eso es raro”

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Un chico de 11 años, a los tres días de estar en la pensión de un club, a 800 kilómetros de su lugar en el mundo, se da cuenta de que no va a aguantar. Habla con la psicóloga, comparte la preocupación con su familia y, a la distancia, recibe una pregunta que definirá sus vidas: “¿vos querés de verdad ser futbolista?”.

La de José Manuel López es una historia que recién empieza pero ya tiene final feliz. A la velocidad del fútbol y mientras miles de anónimos van quedando en el camino. “En Corrientes, mal o bien, yo lo tenía todo. Y acá era pasar a cagarme de frío, cagarme de calor, a veces tener hambre. Era jodida la pensión de Independiente. Y yo era muy chico, con un cambio brusco, que te sacan de tu provincia, de tu zona de confort. No podía soportar vivir ahí. Tuve suerte: mi familia me apoyó y se vino a vivir a Buenos Aires. Otros chicos no tienen esa posibilidad”.

—¿A qué cosas de Buenos Aires no te podías acostumbrar?

—A la gente. Allá en el pueblo vayas a donde vayas saludás a todo el mundo. Acá un poco más y te pasan por arriba. Era todo nuevo, viajar en transporte público. Y la libertad que perdí: en Corrientes salía del colegio y podía estar jugando en la calle todo el día.

—¿Cómo juega en la cabeza de un nene de 11, 12 años que su familia se traslade y cambie su vida para ver si puede cumplir su sueño?

—Yo no sentí ese peso. Pero porque mi familia no me lo hizo vivir de esa manera. Igual es cierto, lo veía en muchos otros pibes que quizá cargaban con los sueños frustrados de su padre o en tantas familias que solo quieren salvarse económicamente. A mí lo único que me exigían era ir al colegio porque no sabía qué sería de mi carrera.

Su mamá tenía la receta para hacerlo estudiar. Llevaba una silla a la vereda y lo sentaba mirando hacia la calle con los apuntes. Desde ahí veía cómo sus amigos del pueblo se iban juntando con la pelota y salían para la canchita. “Si vos estudiás, vas a poder ir a donde quieras”, fue el legado de Graciela que ahora agradece el delantero de Lanús.

José define a San Lorenzo como “un pueblito medio desconocido” que está entre otros dos pueblos un poco más grandes y más visitados como Empedrado y Bella Vista, allí donde nació el Pepe Sand. Por su cercanía con Corrientes capital, en San Lorenzo muchos hombres como Manuel Antonio, el papá del delantero, trabajan en barcos pesqueros.

La escenografía de la infancia era con Graciela que “hacía de madre y padre, iba de un lado para el otro” para ocuparse de Melany, Melina y de José, el más chico. Y con llamados telefónicos de Manuel desde la embarcación. “Se iba dos o tres meses y no lo veíamos. Compraba una tarjeta y tenía unos minutos para hablarnos, llamaba una vez por semana, nos preguntaba cómo iba cada uno en el colegio, las notas, nos saludaba y listo. Después volvía, estaba una semana y quizá se iba otro mes entero a embarcar”.

La historia dirá que lo dejaron libre de Independiente. Pero José aclara que lo que hizo el técnico Gustavo Cerdán fue lógico porque ni siquiera lo había podido ver a raíz de una extraña lesión que lo tuvo más de un año sin continuidad.

Había pegado el estirón y sufría dolores en la espalda que no le permitían ni caminar. “Paraba una semana, volvía. Paraba dos semanas, volvía. Me la pasaba en la camilla, no podía moverme. Encima los médicos me mandaban a hacer estudios y no detectaban nada. No era muscular, no era de los huesos… Me decían ‘debe ser algún nervio que se inflama’. Así pasé un año sin poder jugar. Estar lesionado es lo peor. Y de un momento al otro me dejó de joder”.

José López, el joven delantero que deslumbra en Lanús. Foto: Luciano Thieberger.

A los 16 años, libre de Independiente, López pasó tres días sin club. Cuenta que lo que más lo preocupaba no era conseguir una prueba sino otra vez cambiar el entorno, con nuevos compañeros y otra rutina. Ya tenía todo acordado para ir a Estudiantes cuando apareció Lanús.

“Me encontré con un club que no tenía comparación. Independiente en Inferiores estaba bastante atrasado. Acá en Lanús entrenabas al máximo, tenías un gimnasio impecable, te hacían test de todo, te ponían el chip para entrenar. Y ahí te das cuenta la calidad de los chicos que salen. Te crían ganadores. A mí me cambió totalmente la cabeza. Cuando estaba en Independiente no le daba pelota a estar bien de la cabeza. Iba y jugaba al fútbol. Y jugaba porque jugaba bien. Acá me di cuenta de que el fútbol no era eso. Hay funcionamiento, hay trabajo, exigencias, competitividad…”

—Con talento solo no alcanza.

—Claro. Y te cuentan historias de miles de cracks que no quedaron en nada. La única diferencia que hay entre el que llega y el que no llega es la cabeza. Yo agradezco que me dieron las chances, pero me agradezco a mí mismo porque estuve preparado para cuando me las dieron. No era fácil, yo tenía 20 años cuando volví y sabía que podía ser la última chance.

Antes de los goles en Primera, antes de que aparezca el contraste de documentos con su coterráneo y tocayo Sand, el Flaco tuvo que volver a tomar carrera. No fue tan drástica la situación como aquel día en que quedó libre de Independiente, pero en Lanús, cuando Rodrigo Acosta, DT de Reserva y hermano del Laucha, armó el listado de futbolistas que subirían a esa categoría, no apareció el Flaco.

Próxima escala: Colegiales de Tres Arroyos, en la Liga Regional.

“Era como estar en mi pueblo pero jugando al fútbol –recuerda-. Y ahí te da hambre. Querés salir adelante, empezás a valorar todo lo que tenía en Lanús y luchás para volver”.

—¿Es más difícil jugar en el Regional o en Primera?

—Creo que en el Regional. Te pegaban mucho, había canchas muy chicas, los partidos eran cortados. Una vez fuimos a Agrario, en De la Garma, cerquita de Tres Arroyos. Todos los paisanos estaban como locos. Esas cosas me hacen valorar mucho más todas las comodidades que hoy tengo.

—¿Había cracks en esa Liga?

—Un montón. Pero bueno, quizá no les gustaba entrenar, o les gustaba la joda. También pasa que no entienden el fútbol, pero como juegan tan bien les sobra. Es muy jodido el fútbol regional, todos mis compañeros tenían otro trabajo. Solo había uno, David Boquín, que podía vivir del fútbol.

Hay fiesta en San Lorenzo. Todo el pueblo se junta a comer arroz con pollo en la plaza de la virgen de Santa Rita, patrona de los embarcados. Ponen caballetes, mesas, sillas. Solo hay que llevarse los cubiertos. Un amigo de José trabaja en un taller, otro en un supermercado, y varios están embarcados. “Todos se la rebuscan. En general, los pibes cuando terminan la escuela se van para estudiar. Y al volver tenés una mezcla de realidades. Lo importante es que ahí no hay diferencias: si alguien no tiene, se le da y compartimos todo. Lo que vale es juntarse. Ahí yo no soy futbolista, ni famoso, ni nada”.

—Ya diste el salto y te destacás en Primera pero seguís siendo muy joven, ¿cómo hacés para no marearte?

—A mí me pasó apenas debuté, te desvías un poco. Te habla todo el mundo, sos amigos de todos, te invitan a todos lados, piden tu camiseta, quieren una foto… Y por hacer eso, por no decir a todo que sí, terminaba acostándome tarde o hacía alguna boludez y después la pagaba en los entrenamientos porque no rendía igual. Creo que eso me duró una semana. Me di cuenta de que así no iba. Y también te das cuenta de que los únicos que están siempre son los mismos, la familia y los amigos de siempre. Es muy fácil para el chico que recién sube desviarse o creérsela.

—¿Qué cosas del ambiente no te gustan?

—Que te lleva para ese lado, a creerte más de lo que sos. Al jugador de fútbol se lo idolatra demasiado. Y entonces el futbolista se cree intocable o que tiene otros derechos que una persona común no tiene. Para mí no es así. El asunto es la repercusión y más si te va bien, porque el sueño de todo argentino es jugar al fútbol. Ya de por sí se asocia al futbolista con ser canchero. Y es cierto, hay muchos así, pero no podés meter a todos en la misma bolsa. Si un chico de 14 o 15 años tiene contrato con una marca o tiene representante, es muy fácil que se la crea. Yo lo que veo es que pasa lo contrario: si vos a tus condiciones les sumás ser tranquilo, ser transparente, ser buena persona, te va a ir mejor, te va a querer más gente.

Grito de gol de López, junto a su coterráneo Sand con el que armó una dupla letal. Foto: AFP

—Y en el medio de todo eso está la guita.

—Claro. Lo que yo gano en un mes, es lo que gana un amigo mío en todo el año y eso es raro. A mí lo que me pasa es que digo “qué loco: juego al fútbol, hago lo que me gusta y encima me pagan”. Y encima la gente te quiere, te hacen sentir un fenómeno. Por suerte eso no me mareó, lo llevo con tranquilidad. No me gusta ostentar, ni demostrar ni nada. Me gusta estar tranquilo, ir al campo, pasar tiempo con mi familia, ni juego a la Play.

—¿Qué escribían de vos hasta hace muy poquito en las redes sociales?

-Ja, de todo. “El Flaco López no sabe hacer goles con el pie”, “el Flaco solo juega con la cabeza, no puede dar ni un pase”. Yo me moría de risa pero te toca un poco el ego. Ahora cuando entro un rato a Twitter veo que ponen “tengo que pedirle perdón al Flaco López porque lo critiqué”. Me estallo de risa. No hay que darle bola. No te cambia en nada, no te suma.

—Dentro de esa locura increíble, ¿qué fue lo más loco que viviste en este crecimiento acelerado?

—Un millón de cosas. La primera vez que concentré fuimos al Sheraton. Y decía “no puede ser, mirá el lugar donde estoy”. Si no jugase al fútbol no me podría pagar ni una noche. Y cómo te atienden, cómo te dan comer. O cómo te mira la gente, los nenes, cuando llegás a la cancha y vas con la custodia policial. Me pasó con los chicos de mi pueblo: ahora todos quieren jugar al fútbol y cuando voy se ponen locos. Como yo cuando antes decía quiero ser como, no sé, el Laucha Acosta, hoy los chicos de mi pueblo dicen que quieren ser el Flaco López.

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