Ramosmejiazo (la culpa de los abandonados)

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Soy de ahí… Nací en Ramos Mejía, digo. En la Clinica Mitre. Me crie a ocho cuadras de la estación, aunque ya es partido de Morón eso, pero no importa: ser de Ramos reconoce algunos límites difusos. Estudié en Ramos, en el Comercial. Me enamoré en Ramos, conocí la noche en Ramos, debuté en Ramos, me presenté a la colimba en el distrito militar de Ramos Mejía, fui papá en Ramos, le metí al mío un atado de puchos en el cajón (para el viaje final desde Ramos)… La pandemia me trajo de vuelta para el Oeste, tipo la peste histórica de 1871… La diferencia con aquella fiebre amarilla es que se dio en un país que nacía y éste ya no se sabe bien adónde va. Lo que está pasando en Ramos Mejía en estos días tiene pinta de esas cosas que marcan un antes y un después. O el summum del de mal en peor. Tres cuadras compactas de gente sobre una avenida ancha no son habituales en Ramos. Menos aún que la policía las disperse con la infantería y gases lacrimógenos. Roberto, el kiosquero asesinado el domingo, es candidato a símbolo. En la Avenida de Mayo se volvió a escuchar “que se vayan todos”, pese a que Ramos es la mosca blanca de La Matanza y el macrismo le echaba la culpa al kirchnerismo por lo de Roberto y el kirchnerismo le echaba la culpa a la justicia y Berni justificaba los gases para evitar que “prendan fuego” la comisaría, cerrando el círculo de los culpables en las víctimas en masa de una inseguridad sensacional, quiero decir: espantosamente inabarcable, límite, mensaje feroz de que todo puede ser todavía peor. El homicidio del kiosquero delata la pornográfica inutilidad total de este Gran Bonete Necrofílico en el que hemos caído y al que juega irresponsablemente la dirigencia política sin parar. La cómplice del asesino tiene 15 años, está embarazada y se reía, temeraria, cuando los detuvieron: ¿se les ocurre una metáfora más negra del futuro que estamos construyendo? Una sociedad desigual al extremo, sin reglas y sin expectativas positivas genera nada más que odios. El odio de la diferencia. El odio del miedo. El odio de una viuda que no ve otra salida que armarse o el odio de un hijo adolescente sin padre que no ve otra salida que Ezeiza. La pandemia nos dejó más pobres, más alterados, más a la defensiva, más violentos y menos dispuestos a ser representados verticalmente. De ahí a la deriva puede quedar un paso. Se necesitan con suma urgencia dadores de un plan maestro y orden para llevarlo a cabo. Un orden consensuado, digo. Democrático. Con sana pretensión de mayorías. Si no se consigue, el “ramosmejiazo” habrá sido apenas un escalón más hacia el fondo de la tabla. O un abismo a las tinieblas.

por Edi Zunino

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