La Iglesia iniciará el proceso para declarar santo al padre Mario

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La Iglesia se apresta a iniciar la causa de canonización que podría concluir en la declaración inicialmente de beato y luego de santo del padre Mario Pantaleón, quien fuera del principal exponente en el país de los llamados “curas sanadores” por recibir diariamente a cientos de personas que buscaban por su intercesión la intervención divida para lograr su curación.

Según trascendió, el arzobispado de Buenos Aires -en cuya jurisdicción murió el padre Mario y por tanto donde debe iniciarse la causa- anunciará la semana que viene el comienzo de la causa de quien llegó a recibir hasta 3.000 personas en su sede principal en la localidad de González Catán, partido de La Matanza, y en varios lugares de la ciudad de Buenos Aires.


Nacido en Pistoia, en la región de Toscana, en Italia, el 1° de agosto de 1915, a los cuatro años contrajo una neumonía que casi lo lleva a la muerte y cuya curación –tras ver sus padres sobre su cabeza una luz blanca- atribuiría a Santa Teresita. Las penurias posteriores a la Primera Guerra Mundial determinaron que su familia emigrara a la Argentina, más precisamente a Alta Gracia, Córdoba.

Pero los negocios no resultaron bien y en 1931 todos regresaron a Italia. A los 17 años Mario ingresó al seminario de Arezzo y siguió en el de Salerno. Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial llegó a pasar hambre y sufrir raquitismo. Los bombardeos obligaron a trasladar a los seminaristas a otro ubicado en la localidad de Matera, ciudad en la que se ordenó en 1944.



Recién ordenado, sintió el llamado de cumplir su ministerio sacerdotal en la Argentina, donde llegó en 1948. Su primer destino fue una iglesia de Casilda, en la provincia de Santa Fe y otra en Rosario, ciudad en la que se desempeñó como capellán del hospital provincial, una tarea clave ya que comenzó su contacto con los enfermos que seguiría diez años después en Buenos Aires -tras pedir el traslado- en los hospitales Ferroviario y Santojanni.

El padre Mario tuvo muchos seguidores, pero también su papel sanador provocó reticencia en las autoridades eclesiásticas.

Los pacientes coincidían en que su presencia aliviaba su sufrimiento. Paralelamente ejerció en la iglesia Del Pilar, en Recoleta, lugar en el que empezó a ser conocida su capacidad para diagnosticar las enfermedades y aliviar el dolor físico y psíquico.

Esa condición lo volvió tan popular hacia fines de los años ’60, con muchísima gente que quería verlo, que -sumado a la reticencia del arzobispo por su papel “sanador”- tornó difícil su permanencia allí.



El padre Mario empezó a pergeñar una obra social y religiosa. Corría 1968 y decidió comprar con sus pocos ahorros un terreno en González Catán para montarla. Una mujer que padecía un cáncer de útero y el año anterior se había curado por la intercesión del sacerdote, comenzó a ser su principal colaboradora hasta su muerte y la continuadora de su obra: Perla Gallardo.

El González Catán el padre Mario dejó una enorme obra solidaria y educativa que sigue creciendo.

Su hijo, Carlos Garavelli -hoy al frente- , lo acompañó al padre Mario en una de sus primeras visitas al terreno y se mostró descreído de los ambiciosos planes del sacerdote para el sitio, en aquel momento un gran yuyal rodeado de calles de tierra y casillas.

Con el paso del tiempo se levantó, primero, una capilla, luego un jardín maternal, una unidad sanitaria, una escuela primaria, un jardín de infantes y un colegio secundario. Y se conformaron dos fundaciones como marco jurídico de su obra.



Pero su papel intercesor entre los enfermos lejos de mermar, crecía. Los recibía a la mañana temprano en González Catán, pero el resto del día primero en una casa de la calle Carlos Calvo, en el barrio porteño de Balvanera –donde fue detenido brevemente, acusado injustamente de ejercicio ilegal de la medicina-, luego en otra de la calle Artigas, en Flores, y finalmente en otra de la calle Mariano Acosta, en Floresta.

Las colas que se formaban para verlo eran impresionantes. Claro que, para poder cumplir, las recibía en grupos formando un círculo y pasaba imponiendo las manos, sin tocar el cuerpo. Además, utilizaba un péndulo que al pasarlo le posibilitaba detectar la zona enferma y hacer un diagnóstico, tras lo cual daba un consejo. No siempre coincidía con el criterio de los médicos, pero era respetuoso de ellos y de la voluntad del enfermo.



Muchos fieles van los fines de semana al predio de González Catán a rezarle al padre Mario.

La entrega del padre Mario a los enfermos y a su obra en González Catán repercutieron en su cuerpo: acentuaron el deterioro de su salud. El raquitismo había dejado huellas, era asmático y muy fumador. Murió el 19 de agosto de 1992 y su entierro fue multitudinario.

Pero su obra siguió: en los años siguientes se inauguraron un polideportivo, un instituto superior, un centro educativo, una plaza de artes y oficios, un colegio universitario, un centro para mayores en Colonia Toscana y un centro de día para personas con discapacidad. Además, hay un centro de catequesis gracias al cual toman la primera comunión 250 personas por año.


“Yo soy la guitarra; el guitarrero está arriba, y es Él quien verdaderamente hace todo”, decía el padre Mario Pantaleo cuando le preguntaban si tenía el don de curar. Dejaba así en claro que era un mero instrumento porque quien realmente sana es Dios. Pero hay que admitir que como “guitarra” sonaba estupendamente porque fueron decenas de miles los enfermos que durante años recurrieron a él, acaso aferrados a la última esperanza, y lograron sanar o, al menos, aliviar su dolor.

MG

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