Ligero de equipaje: Antonio Machado y José Pepe Mujica

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Cuando hace unas semanas condecoraron al ex presidente de Uruguay con el Collar de la Orden del General San Martín,  Pepe Mujica se presentó como “un paisano con unas cuantas lecturas.”

No hizo falta que nombrara autores porque su sabiduría es tangible como el agua, aunque sí mencionó a Rubén Darío.  Mujica estaba refiriéndose a la difícil tarea de gobernar la Argentina, país hermano, y entonces al pasar cita estos versos en los que Darío cifra la vida y  la tarea de Machado “Fuera pastor de mil leones/ y de corderos a la vez.”

Este poema Oración por Antonio Machado abre las Obras Completas de Machado, en un gesto textual que hermana ambos continentes de habla hispano- americana. La poesía une y sintetiza las grandes verdades del ser humano que describió tan elocuente y discreto el gran Pepe Mujica.

 Y no importó para nada que  cambiara el ligero de equipaje por liviano de equipaje, ni que agregara una ene al imperativo de quererse, ese error que en la escuela se enseña a no cometer. Argentinos, por favor-  dijo tranquilo y mesurado – , quieransen un poco más, discrepen todo lo que quieran pero construyan y luchen por un nosotros, quieransen un poco más queridos argentinos.

También citó a una compatriota para definir a la patria  “Mi patria está  donde comen mis hijos”. Y a los Aymara que piensan “ Pobre el hermano que no tiene comunidad”, y así fue creando un discurso de fraternidad, entre él y nuestro Presidente, entre el Uruguay y la Argentina con retazos de esas lecturas de paisano, bien aprendidas , memoria de los pueblos

educados, que como él dan lugar al pensamiento y las expresiones de sus hermanos.

Este poema, de  Antonio Machado también lo pudo haber escrito – por qué no-  José Mujica.

Retrato

 Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,        

y un huerto claro donde madura el limonero;

mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;

mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

 Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido        

–ya conocéis mi torpe aliño indumentario–,

más recibí la flecha que me asignó Cupido,

y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,

pero mi verso brota de manantial sereno;                         

y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,

soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

 Adoro la hermosura, y en la moderna estética

corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;

mas no amo los afeites de la actual cosmética,                

ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

Desdeño las romanzas de los tenores huecos

y el coro de los grillos que cantan a la luna.

A distinguir me paro las voces de los ecos,

y escucho solamente, entre las voces, una.                      

 ¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera

mi verso, como deja el capitán su espada:

famosa por la mano viril que la blandiera,

no por el docto oficio del forjador preciada.

Converso con el hombre que siempre va conmigo

–quien habla solo espera hablar a Dios un día–;

mi soliloquio es plática con ese buen amigo

que me enseñó el secreto de la filantropía.

 

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.

A mi trabajo acudo, con mi dinero pago                             

el traje que me cubre y la mansión que habito,

el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

 Y cuando llegue el día del último viaje,

y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,

me encontraréis a bordo ligero de equipaje,                       

casi desnudo, como los hijos de la mar.

por Elisa Salzmann 

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