Oscura sentencia de una Nobel de Medicina: “La pandemia de Covid no está para nada terminada”

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“Creo que la gran meta de los científicos es salvar el mundo de lo que los propios humanos le hicimos. Ya teníamos una pandemia, mucho más lenta y con otro nombre: el cambio climático. Ahora tenemos otra muy aguda, el Covid, y no está para nada terminada”. A unos días de cumplir 73, Elizabeth Blackburn sabe que su nombre quedará impreso en el friso de los grandes científicos del siglo XXI. Brillará junto a cuatro palabras mágicas. Dos son casi incomprensibles: los telómeros y la telomerasa. Las otras dos, mucho más que elocuentes: Premio Nobel.

Suponiendo que la humanidad esté pisando el capítulo final de la pandemia, ¿qué decanta en la cabeza de una experta como Elizabeth Blackburn acerca del rol de los científicos en estos casi dos años imposibles? ¿Y cómo se evita otra de “estas”?

Clarín tuvo pudo entrevistarla luego de que la científica integrara un panel exquisito en el marco del “Diálogo Premio Nobel América Latina y el Caribe”, organizado por el Nobel Prize Outreach, la Academia Brasileña de Ciencias y la Red Interamericana de Academias de Ciencias.

Ahí, 80 estudiantes de 24 países (Argentina, inclusive) pudieron interactuar con cinco premios Nobel de los últimos años: los galardonados en Química Emmanuelle Charpentier (2020) y Bernard Feringa (2016); el laureado en Física Saul Perlmutter (2011); y las premiadas en Fisiología-Medicina May-Britt Moser (2014) y Blackburn.

Era 2009 cuando le entregaron el Nobel a esta bioquímica nacida en Tasmania, Australia, que hace décadas vive en San Francisco (Estados Unidos). Habrá pasado mucha agua bajo el puente científico, pero los hallazgos de Blackburn tienen plena vigencia.

Gente con barbijo en las calles de la Ciudad. Foto: Juano Tesone

Descubrió una enzima llamada telomerasa, que desempeña un rol clave en la “senescencia celular”, es decir, el deterioro de las células.

Ese bajón en la calidad celular se produce por un acortamiento paulatino -cuando las células se replican- en los extremos de los cromosomas. Formalmente, los telómeros, el objeto de estudio de Blackburn, dedicada de lleno a comprender su funcionamiento durante años.

Desde el deterioro celular producto del cáncer y el que podría desencadenarse por distintos factores de estrés, hasta el que podría despertar una infección viral como el Covid o aquel que acontece por la mera acción del envejecimiento, el campo de aplicación de los hallazgos de Blackburn es simplemente inmenso.

El enigma inmunológico

Más allá del tono grave, la tonada señorial de un inglés que tiende al british cerrado (y la presión de no malgastar los minutitos preciados con una Premio Nobel), la charla con Blackburn fluye por los carriles cosmopolitas del zoom. “Soy profesora emérita, lo que significa que oficialmente estoy jubilada, pero por supuesto en la práctica no ocurre”, se entusiasma.

Es la mentora de un grupo de investigación de la Universidad de San Francisco, California, donde ella misma hizo buena parte de su carrera: “La idea es entender qué características hacen que la gente sea más proclive a tener problemas con la protección que les ofrecen las vacunas“.

Se refiere a las vacunas en general, incluyendo las que combaten el coronavirus: “Estamos muy contentos con la protección que  nos ofrecen, pero hay un porcentaje pequeño, del 5% a 10% de las personas que, o no están protegidas o solo lo están parcialmente”.

En otras palabras, “por fuera de la edad y de los factores de riesgo, hay algo que los hace responder peor inmunológicamente con el paso del tiempo. Su sistema empeora más rápidamente. Buscamos entender a quiénes les pasa y por qué”.

Inquietudes

Blackburn es una mujer de grandes preguntas. Ya de chica, en Tasmania, la movilizaba la ciencia, desde un lugar casi fundacional. En ese entorno de naturaleza exuberante, “entre animales de todo tipo, quería entender cómo funcionaba la vida”.

-Sin embargo, se terminó dedicando al mundo microscópico…

-Bueno, sí. Me interesaban las “moléculas de la vida”, cosa de comprender lo más profundo de cómo funcionaba la vida. Mis primeras investigaciones y mi primer entrenamiento fue ese: mirar la química de las proteínas, intentar comprender cómo el código del ADN le da impulso a la vida. Luego profundicé en el tema de los telómeros para tener una comprensión más honda sobre distintos aspectos moleculares.

-De sus investigaciones se destaca la relación entre esos aspectos moleculares que menciona y el comportamiento humano. ¿Cómo surgió esa combinación?

Elizabeth Blackburn ganó el Nobel de Medicina en 2009. Foto: EFE

-Fue a través de colaboraciones con colegas de la Universidad de California, en San Francisco, donde me había mudado desde Australia. Ellos estaban más interesados en los humanos “completos”, pero vimos que podíamos relacionar el estrés psicológico con lo que pasa en el interior de las células. Eran dos dimensiones: por un lado, las moléculas, al nivel de los cromosomas (telómeros); del otro, el estrés psicológico crónico severo, una condición muy humana. Combinamos las mediciones cuantitativas y había una relación: a mayor estrés, peor era el “mantenimiento” de los telómeros; por ejemplo, en los glóbulos blancos. Es decir, en las células del sistema inmune.

-¿Cómo se relacionan esas “dimensiones” en la práctica?

-Hay muchos factores que hacen que la gente esté más estresada, como la contaminación ambiental. Ahora bien, lo que vimos es que, a más contaminación, más cortos eran los telómeros. Pero, también, mientras más ejercicio hacía la persona, por ejemplo, más podía compensar el efecto del estrés en los telómeros. En algún lugar tenía sentido: hay hormonas del estrés, el cortisol es un ejemplo, que cuando no está bien regulado afecta al mantenimiento de los telómeros. Eso tiene un efecto directo en nosotros. No es magia. Nos pareció sorprendente, pero enseguida dijimos “claro, era lógico que fuera así”.

-Dijo que de chica quería saber cómo funcionaba la vida. Seguramente después surgieron otros interrogantes y desafíos. ¿Cuáles?

-Voy a hablar desde un lugar más “brutal”. Como científica, miro el mundo actual y creo que nuestra meta es salvarlo de lo que los humanos le hicimos. Hay una gran crisis climática y una gran crisis de inequidad. Los científicos tenemos que preguntarnos qué podemos hacer para ayudar a resolver estos problemas mundiales: nuestro medio ambiente, el cambio climático y nuestros tremendos problemas de inequidad. Esto abarca muchísimos aspectos, pero un aspecto central es que la gente pueda confiar en la ciencia. Tenemos que tener un código de ética, como los médicos tienen el juramento hipocrático. El sentido es similar: usar la ciencia para resolver los problemas mundiales.

-Hablando de confianza, ¿cómo cambió el rol de los científicos antes y una vez iniciada la pandemia?

-Resta todavía entender la importancia de lo que se hizo desde la ciencia frente a esta terrible crisis humanitaria y entender, además, cuánto falló, en especial, en aquellos casos en los que la gente se rehusó a “usar” la ciencia. La ciencia buscó tener un rol central en, a) prover vacunas, y b) entender qué comportamientos promueven los contagios del Covid y la pandemia. Mientras más comuniquemos a la gente, mejor.

-El Covid expuso cierto déficit social para comprender los desafíos que implican los contagios en masa. ¿Qué podría mejorarse en este sentido, pensando en futuras pandemias?

-Se empieza por la escuela, la educación, pero eso no va a resolver los problemas inmediatos. La pregunta mayor es qué está fallando a la hora de comunicar ciencia, al punto de que el 40% de la población estadounidense, por ejemplo, no acepta ser vacunada contra el Covid. Tenemos que entender qué pasa ahí y asegurarnos de que haya una comunicación más exitosa. Es un aspecto en el que no triunfamos como sociedades. Es complicado.

-En este tiempo, la ciencia estuvo en su apogeo, más accesible que nunca. Al mismo tiempo, todos tienen una opinión sobre el virus o la calidad de las vacunas. ¿Quedó  “bastardeada” la comunicación científica, en algún sentido? ¿Qué opina?

-Sí, ese tema existe. Hay mucha más gente leyendo online que no tiene del todo claro qué información es confiable. Es un gran problema: qué es verdad y qué no en Internet. Pero es parte de lo mismo. Requiere entender cuáles fueron las fallas en la comunicación científica de estos meses. El desafío es muy grande. Sin embargo, creo que haber logrado apuntar la cuestión, delimitado el problema, ya es un avance bastante importante.

PS

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